COVIDvencias

En este apartado, se ofrecen los testimonios de profesionales de la salud que se enfrentan a la COVID-19 para que conozcáis de primera persona sus experiencias. Merecen la pena.

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Dra Marta Garrido Bautista. Médico especialista en Endocrinología y Nutrición.

Trabaja en el servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario y Politécnico la Fe Valencia.

Trabaja también en la Unidad de hospitalización COVID-19 del mismo hospital.

Mi experiencia en la sala de hospitalización COVID-19.


Dentro de mi vestimenta habitual, se han vuelto complementos esenciales el mono
impermeable, la mascarilla FFP3 con la que con dificultad, puedes respirar, los tres pares de
guantes, las manos agrietadas por la lejía y el gel, las calzas, el gorro, la pantalla que te
comprime el cráneo hasta estrujarlo y el escurrirme por los pasillos de todo el gel volcado en
el suelo. Pero nada de lo que yo padezca, es comparable a lo que pasan los pacientes con
neumonía COVID, lo mío, de verdad, es una insignificancia.


Os aseguro, que estar en casa no es tan malo. Estar en una habitación SOLO, a veces, incluso,
sin ventanas, pequeña, “enchufado/a” a una máquina para poder respirar, esa sensación
horrible de falta de aire, luchando entre la vida y la muerte cada día, cada hora y cada minuto,
de verdad, después de ver eso, yo estaría en casa lo que hiciera falta si pudiese. La soledad y la
muerte han envuelto salas, pasillos y habitaciones, es desolador entrar y salir de todos esos
sitios con esa impregnación, algo que sin duda, te deja esa “secuela” psicológica de la que no
te puedes librar ni al llegar a casa ni en tus momentos de descanso.


Lo peor para los pacientes es ese sufrimiento y soledad, lo peor para mí ha sido empatizar con
eso y ver como pacientes que en otros momentos de menor “congestión” asistencial, hubiesen
podido trasladarse a intensivos o REA, y ahora no; explicar a los familiares que su
padre/madre, abuelo/a, sobrino/a, tío/a… está empeorando y ya hemos agotado todos los
recursos terapéuticos, que ha muerto sin poder despedirse de sus seres queridos, es algo con
lo que convivimos los médicos en nuestro día a día, pero en esta pandemia,
exponencialmente. No hay palabras para describir algo tan desgarrador.


También he tenido esa gran satisfacción de poder decirle a un paciente que ha estado
intubado y al borde de la muerte, que se ha recuperado y que se va a casa, dejando ojos
vidriosos en nuestras caras.
Como podréis imaginar, para estos pacientes, sus familiares y para nosotros, los sanitarios que
hemos vivido esto en primera línea, cualquier confinamiento y el cumplir todas las medidas de
seguridad para la lucha contra este virus, está “chupado”. Los que estáis en casa, sin ir a bares,
sin salir a comer fuera, sin salir a la masificación de compras y centros comerciales… los que
afortunadamente, no os ha afectado la enfermedad, o si la habéis padecido, ha sido leve, sois
unos privilegiados de poder recibir el sol, aunque sea, desde un trocito de calle abriendo una
ventana de casa.


De nada sirve aplaudir a las 20:00h si no asumimos las responsabilidades que tenemos en esta
pandemia, si hemos mirado a otro lado pensando que esto nunca nos afectaría o incluso,
llegando a la barbaridad de negar todo lo que ha pasado y está pasando.
Pero, por suerte, no todo ha sido desasosiego, llanto e impotencia, también ha estado muy
presente la HUMANIDAD: cuando no hemos podido curar, hemos podido aliviar y consolar, y
ACOMPAÑAR, hemos intentado estar ahí, siendo los ojos de la persona ciega, siendo las
piernas de la persona que no se puede mover, siendo ese familiar que no puede estar, de la
mejor manera que sabemos.

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Dr Luis Díaz Izquierdo. Médico especialista en Urgencias Médicas. Profesor en la Universidad Alfonso X el Sabio de Madrid.

Trabaja en el Hospital Universitario Severo Ochoa. Leganés. Madrid

Una realidad paralela.

Esta tarde , durante la guardia de hoy, sábado 16 de Enero de 2021, hemos pasado por uno de los peores momentos de los muchos que estamos viviendo en estos últimos días.

Ha venido un paciente , varón , de 50 años ( SI, REPITO: 50 AÑOS), sin antecedentes patológicos, que comenzó hace 3 días con sintomatología compatible con enfermedad COVID-19, y que en la tarde de hoy ha empeorado bruscamente.

Y se ha puesto tan enfermo que ha habido que trasladarle a la UCI.

Habéis leído bien: 50 años y y trasladado a la UCI

Aunque no se sea profesional sanitario, se puede observar la diferencia entre la radiografía de la izquierda de hace 3 días (normal) y la de la derecha (de hoy, con una Neumonía bilateral). Desplegad la imagen y lo veréis mejor.

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Y ha sido un momento especialmente emotivo para todos el instante en el que el paciente que estaba en la cama de enfrente, un varón de 61 años, nos ha oído cómo le contábamos a nuestro paciente que tenía una neumonía ,por coronavirus , y que había que llevarle a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Y se ha echado a llorar. Desconsolado. Con una gran pena. Y con un miedo que no podía disimular.

Esta es la realidad que vivimos a diario en nuestro hospital.

Y me produce una gran tristeza observar a aquellos que parecen estar viviendo una realidad paralela, una especie de “normalidad” forzada y artificial.

Bienvenidos a la vida real.

A la de los que tienen que ser ingresados en una UCI, y a la de aquellos otros que lloran de pena al ver cómo un señor de 50 años queda ingresado en dicha Unidad. Y que podría fallecer.

No me gustaría pensar que hemos llegado hasta aquí para quedarnos a medias

Nadie queremos que se pare la vida.

Lo que no queremos es ser como el mono que se tapa los ojos.

Porque aquellos que continuamente decís que hay que vivir, tened la certeza de que la realidad os va a explotar en vuestra propia cara.

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Dra. Isabel Gabaldón Sánchez. Médico especialista en Medicina Familiar y Comunitaria

Trabaja en el Centro de Salud Salvador Pau. Departamento Hospital Clínico Universitario Valencia.

Crónicas de un Médico de Familia.

Me enteré de Wuhan en un autobús, mientras asistía a unas jornadas de riesgo cardiovascular en Madrid: “Caray, ¿esta gente construyendo un hospital de campaña?”, eso fue lo primero que pensé… noticias, imágenes, Italia, partido de fútbol de Milán… y explosión.

Tu día a día cambia, aprendes a ponerte una EPI en tiempo récord, aprendes a pasar un calor insoportable, entiendes a tus pacientes respiratorios cuando dicen que se ahogan por su disnea, esa que te llega cuando te pones el mono de buzo, la FFP2, la máscara, el gorro, las calzas, el doble guante… ¿llevo todo?, ¿no se me olvida nada?.  

Te conviertes en una persona con ansiedad:  a levantarte diariamente, a listados interminables de pacientes, con agendas no solo dobladas, sino triplicas y cuadruplicadas… eso de un paciente cada cinco minutos, quedó muy atrás. Te haces experto en el manejo de la incertidumbre.

Desde primero de carrera nos enseñan que primero es la anamnesis y luego la exploración, una exploración física que se convierte primariamente en telefónica y en la mayoría de los casos, acabas citando al paciente porque necesitas explorarlo presencialmente. Tratas de ser lo más resolutivo posible evitando derivaciones innecesarias al hospital porque está colapsado, saturado, los compañeros no pueden sostener lo insostenible.

Llegas a echar de menos la sala de espera repleta con las quejas: ¿y a mí cuándo me toca?, ¿lleva retraso la doctora? Ahora sí llevo retraso, y no de una hora ni dos, no terminas ni a las tres, ni a las, cinco, no paras ni para ir al baño…. Pero no se ve, el centro está “vacío”. La gente se agolpa en la calle porque hay que respetar el aforo. Hay quien lo entiende. Hay quien no. La gente entra crispada, enfadada y disgustada, y duele.

Duele sentir que estás haciendo lo imposible, que estás dando y exponiendo tu vida y la de tu familia y sólo unos pocos lo comprenden y lo entienden. Cada poco tiempo, estudiar un nuevo protocolo. Ves a tus compañeros caer, enfermar, ingresar incluso, a alguno, lo dejas de ver para siempre…

Te vuelves hipocondríaco, te duchas varias veces al día con el agua bien caliente, previamente te descalzas en la puerta de tu casa y te desvistes en la galería para poder poner cuanto antes la lavadora a 60 grados. Tras la ducha, quisieras poder sentirse reconfortada por las personas que dan sentido a tu vida, abrazar a tus hijos, Miguel, Carla, pero no puedes. Temes ser vector de lo horrible, del dolor, de la muerte… Miras a los ojos de tu marido, te dan ganas de romper a llorar, pero no lo haces, no lo haces por esas dos personas que están ahí, confinadas, en casa, sin salir, dando un ejemplo increíble de como sobrellevar el caos. Solo cuando se duermen, intercambias un: ¿Cómo te ha ido el día hoy en el centro de salud, Isa?, ¿y a ti Pablo en el hospital?, ahí, en ese justo momento, es cuando lloras, te vienes abajo, te abrazas, te abrazas bien fuerte porque es tu pilar, nadie mejor que él en comprenderte, porque está viviendo el horror en la otra parte de la barrera, en el hospital.

Hablas con tus padres por teléfono, tratas de consolarlos porque están rotos de pena por no verte, no lo entienden, no entienden que no quieras verlos por no someterlos a una exposición innecesaria, y ahí, vuelves a llorar. La ansiedad, la hipocondría, piensas que se esfumarán durante el sueño. Iluso. Te acuestas, no puedes dormirte, tienes pesadillas, y a las horas, suena el despertador y volver a empezar: agendas interminables, con lo programado, lo no demorable, lo urgente, los avisos domiciliarios, los pacientes encamados….

Tu agenda y la agenda del compañero, que no ha venido porque ha dado positivo y toca repartir sus pacientes. Y optas por no leer la prensa, ni ver las noticias, para qué, para hacerte más daño, para ver a muchos irresponsables jugando con su vida y la vida de los demás, pues no, para eso, no. Aplaudo a la gente cívica, responsable, empática.

Agradezco las inmensas muestras de afecto y cariño de cada uno de mis pacientes, no los nombro porqnue me dejaría a muchos. A todos ellos, GRACIAS, gracias porque por vosotros, merece la pena seguir y no retirarte del frente. No tirar la toalla en esta sucia guerra que nos está tocando vivir.

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Maria Jorge Almerich. Enfermera de vocación.

Trabaja en el Centro de Salud 2 de Alzira.

Me vacuno.

ME VACUNO porque trabajo en Urgencias y Atención Primaria viendo pacientes con y sin COVID, aunque últimamente actuamos como si todos lo tuviesen… Ya no hay seguridad…

ME VACUNO porque estos últimos meses han habido muchas muertes, desde abuelitos hasta los nietos y cada pérdida duele.

ME VACUNO porque quiero respirar y me gustaría hacerlo por mi cuenta durante el mayor tiempo posible. He visto cómo el virus puede destruir los pulmones de alguien, personas luchar con la ventilación no invasiva, propensas a la ventilación invasiva y paralizadas con la ECMO.  A veces funciona y es asombroso.  A veces no es así y es trágico.

ME VACUNO porque he visto a muchisimos compañeros contagiarse del COVID y aunque no me he contagiado en los últimos nueve meses, cada vez que voy a ver a mi familia me da miedo la posibilidad de transmitirles, y no me gustan estos sentimientos.

ME VACUNO porque los beneficios son mayores que los riesgos conocidos de la vacuna.  Me parece muy bien que con una efectividad del 90 al 95 por ciento para prevenir infecciones tenga ensayos bien diseñados y prometedores.  El dolor en el lugar de la inyección, los escalofríos, el malestar y las mialgias que experimentaré no serán tan grandes, de corta duración (48 horas) y hay tratamiento sintomáticos. Todo será mejor de lo que he visto en los pacientes con COVID. Más de 50.000 personas han muerto en los España este año a causa de la COVID-19.  Nadie ha muerto en los cinco meses desde que las personas comenzaron a recibir las vacunas COVID en los ensayos.

ME VACUNO porque los científicos nos apoyan en esa medida.  La gente argumenta que la vacuna se apresuró.  Si la vacuna hubiera tardado 4 años en desarrollarse, la gente habría dicho que se ha tardado demasiado en desarrollar una vacuna. Conocemos la tecnología de ARNm desde hace décadas.  Los científicos finalmente tuvieron el ímpetu necesario para hacerlo, y por eso, debemos estar agradecidos y mostrar algo de respeto.

ME VACUNO porque quiero abrazar a mi abueli sin miedo. Ella está segura de querer vacunarse.  Está algo nerviosa por los efectos secundarios de los que ha oído hablar en la TV pero poco más.